lunes, 13 de mayo de 2013

Pilar Jericó | 13 de mayo de 2013

Nacemos curiosos. Los niños experimentan jugando, probando cosas nuevas. Y parece que de adultos frenamos nuestra curiosidad y nos disgustamos cuando las cosas no se ciñen al guión preestablecido. Los niños, en cambio, reinventan la historia y siguen jugando sin darle mayor importancia. Para recuperar nuestro espíritu “aventurero” ante el error (y ante la vida) necesitamos, como primer paso, despertar nuestra curiosidad y preguntarnos: ¿Qué puedo aprender?
La curiosidad es un gran motor para nuestra felicidad, al que “curiosamente” no se le ha prestado mucha atención ni en el ámbito de la psicología ni en el mundo de las empresas. Tal vez porque nuestros padres confundían curiosidad con indiscreción –¿a quien no le ha dicho su madre aquello de “niño, no seas curioso”? Tal vez, en el ámbito empresarial no se ha considerado una fuerza tan “noble” como la motivación o el compromiso. Sin embargo, está en la base de desarrollo del talento personal y profesional. Y así también lo están demostrando las ciencias sociales. Echemos un vistazo a las conclusiones de algunas de las investigaciones para demostrar su importancia:
Martin Seligman y Chris Peterson se enfrascaron en un arduo estudio para conocer cuáles eran las fortalezas que caracterizaban a los grandes hombres de la historia. Para ello, analizaron textos religiosos y filosóficos de distintas culturas. Concluyeron que existían 24 fortalezas en total y la curiosidad era una de las cinco que más correlacionaba con la felicidad y la sensación de plenitud.
Todd Kashdan ha dedicado varios años de investigación a la curiosidad humana. En su libro recoge algunas de las ventajas de ser curiosos. Por ejemplo: la salud. En 1996 se publicó un estudio en Psychology and Aging.  Tras analizar a más de 1.000 pacientes de entre 60 y 86 años durante un periodo de cinco años, se concluyó que aquellos que vivieron más y en mejores condiciones eran quienes al principio de la investigación se mostraron más curiosos, más allá de otras condiciones físicas.
La curiosidad no funciona con mapas de partida, sino que es una brújula para explorar nuevos territorios. De ahí que en la medida que desarrollemos esta cualidad, seamos más permeables al aprendizaje, incluso a la hora de conocer a otras personas, como demostró Kashdan. En uno de sus estudios analizó encuentros de personas de muy diferente condición. Aquellas que registraron altas dosis de curiosidad se mostraban más seguras de sí mismas y registraban menores índices de ansiedad en comparación con el grupo menos curioso.
Por último, otra ventaja importantísima de la curiosidad es la capacidad de hacernos más flexibles mentalmente. Quien no es curioso juzgará lo que le ocurre en base a sus parámetros iniciales más o menos rígidos. El curioso, sin embargo, ante la posibilidad de explorar algo diferente, podrá cuestionar sus propias creencias.
Así pues, un buen consejo para ser felices es dar rienda suelta a nuestra curiosidad, aunque tengamos que rebelarnos contra algún que otro condicionamiento social. La buena noticia es que es una habilidad innata y que además, podemos entrenar.

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